Portada del libro Yumanos: 7500 años de arte rupestre

De la península como un archivo vivo

Yumanos: 7,500 Años de Arte Rupestre, de José Enrique García Sánchez, es un dispositivo temporal, no un libro; no nos invita a recorrer la península de Baja California, sino a afinar la mirada. A mirar no con ojos de turista, ni de estudioso, sino con una pupila arcaica: la del ancestro. En sus quince crónicas, García Sánchez no documenta un trayecto, sino que realiza una lectura performativa del territorio. Las piedras no son objetos: son frases. Los abrigos rocosos, archivos. Y los pigmentos que aún resisten al tiempo, una gramática visual. No se trata de arqueología, sino de un ejercicio de frontera: entre lo que todavía respira y lo que ya no habla, entre la palabra que observa y la que recuerda, entre el gesto académico y el temblor poético de lo irrecuperable. El resultado no es un inventario, sino una pregunta: ¿qué nos dice hoy un trazo de hace siete mil años si aprendemos a callar y escuchar?

 

El palimpsesto

Hay imágenes que se proponen como revelación. Desde la primera crónica, García Sánchez ensaya una de esas visiones liminares: Baja California como escritura. No como topografía, sino como palimpsesto, donde la materia geológica no está ahí para ser recorrida, sino para ser leída. La península se inscribe así como un documento en reescritura: una superficie que no olvida, incluso cuando ha sido forzada a callar.

Frente a la insistencia moderna de pensar el norte como un vacío —ese ardid colonial que transforma lo que no comprende en territorio desprovisto—, el autor nos devuelve la densidad: una geografía de signos. Morteros, cantos, lenguas, pigmentos, grietas, mapas corporales, coordenadas rituales. Cada piedra no es solo una huella, sino una resistencia. Cada trazo, una voz que el tiempo no logra extinguir. Y sin embargo, el autor no trata de restaurar una pureza originaria ni de idealizar lo ancestral, sino de interrumpir la amnesia estructural que ha convertido la modernidad en máquina de borrado.

García Sánchez renuncia a la mirada objetiva. Él no observa: se deja atravesar. Las crónicas no se sostienen sobre una perspectiva omnisciente, sino sobre una tensión entre saber y experiencia, entre la perplejidad y el intento de comprender sin traducir. En la escena del dron que se desploma en la Laguna Salada —evento atribuido por su guía kumiai a la irreverencia tecnológica frente al territorio sagrado—, se dramatiza ese conflicto de epistemologías: lo que para la ciencia es falla técnica, para la comunidad es advertencia espiritual. Y ese desfase es, quizás, la grieta por donde se cuela lo político.

Porque aquí ver no basta. El ojo debe desaprender. Registrar el vestigio exige algo más que método: requiere de una ética de la mirada. Y esa ética comienza, acaso, por reconocer que mirar sin permiso es una forma de violencia.


Crónica, territorio y memoria

No es menor la elección de la crónica como forma. En un tiempo en que el ensayo académico se pliega a la neutralidad metodológica y el artículo científico se deshumaniza en nombre de la legitimidad institucional, García Sánchez opta por un gesto contra cartográfico: narrar desde el tránsito. Más que una estrategia estilística, la crónica opera aquí desde una poética de la implicación. No se trata de ordenar el mundo, sino de adentrarse en su desorden con la experiencia como única brújula.

La elección no es inocente. La crónica, con su aire de anotación circunstancial y su apertura a lo inesperado, permite habitar la frontera entre el dato y la emoción, entre lo documental y lo confesional. En lugar de imponer un marco analítico, el autor se expone. Se muestra afectado, errático, incluso desbordado. Su vulnerabilidad no es un obstáculo para la interpretación, sino una condición de posibilidad: es el modo en que el territorio se vuelve legible, porque ya no se observa desde afuera, sino desde una implicación ética.

Cada crónica es un acto de restitución que, cómo podría deducirse del título, no se limita a documentar signos rupestres; dramatiza, en todo caso, una forma de estar con ellos, de estar junto a quienes los cuidan, los heredan y los recuerdan. La escena en Arroyo de León, con la muerte de Hipólita Espinoza Higuera, conmueve no solo por la pérdida que enuncia, sino por lo que revela: la radical fragilidad de la transmisión cultural cuando ésta se encarna en una sola voz, en un solo cuerpo. El texto no la trata como informante ni como símbolo, sino como lo que fue: una portadora de mundo. Así comprendemos que el verdadero archivo no es el petroglifo, sino el cuerpo que recuerda. Y cuando ese cuerpo se apaga, el mundo que sostenía se vuelve ruina. Una que respira hasta que deja de hacerlo.


Justicia pendiente

Cada intento de honrar el pasado sin escuchar el presente constituye, en el mejor de los casos, una forma de negligencia; en el peor, una sofisticada forma de violencia. Yumanos escapa a ambas. Uno de sus méritos más precisos —y más incómodos para el lector domesticado por el discurso patrimonialista— es que niega la comodidad del exotismo. Aquí no hay romanticismo del ancestro ni fascinación estetizante. Lo que García Sánchez propone no es una contemplación nostálgica, sino una interpelación: ver el arte rupestre como una forma de seguir hablando cuando todo alrededor ha sido silenciado.

Cada trazo sobre la roca es un gesto insumiso. Una palabra antigua que se reactualiza. El autor insiste en que no hay modo ético de estudiar el arte de los pueblos yumanos sin reconocer las condiciones históricas de su despojo. Así, un piedra no está sola, sino habitada por lo que no se ha ido. En este sentido, toda demanda de respeto territorial es una afirmación política tejida con la dignidad de quienes habitan la península desde hace más de diez mil años. Aún cuando todo alrededor haya pretendido borrarlos.

Así, el concepto de patrimonio cultural se desborda. Ya no es el objeto que se conserva bajo vitrinas ideológicas, sino el saber que se vive y se disputa. Yumanos nos recuerda que nada puede reclamarse sin preguntarse primero: ¿quién lo sostiene?, ¿quién lo activa?, ¿quién tiene derecho a nombrarlo y quién ha sido sistemáticamente excluido de esa agencia? El arte rupestre no solo se preserva; se defiende. Y esa defensa no se hace con glosas académicas, sino con territorio, lengua, cuerpo y tiempo.


Estilo y compromiso

Hay escrituras que no buscan imponerse sobre su objeto, sino desaparecer en su umbral. José Enrique García Sánchez escribe con el cuidado de quien no quiere herir, con la precisión de quien sabe que toda palabra es una forma de tocar. Su prosa no exhibe erudición ni se refugia en tecnicismos: se despliega como un acto de atención radical. Evocadora pero nunca grandilocuente, íntima sin ser del todo confesional, su narración convoca imágenes que no ilustran, sino que evocan el vértigo mineral del desierto, la pausa ceremonial del trazo ancestral, la densidad de los silencios.

La primera persona que recorre el libro no es experta, sino alguien que se deja atravesar. No hay superioridad, ni pedagogía, ni apropiación. Hay, en cambio, una forma de humildad que es también política: la conciencia de que caminar entre saberes ancestrales exige más desaprendizaje que interpretación, más escucha que diagnóstico. García Sánchez no se coloca como mediador ni como vocero, sino como testigo. Uno que sabe que incluso el testimonio puede ser excesivo si no va acompañado de respeto.

Con todo, Yumanos no es un libro de divulgación, sino un gesto de acompañamiento a través de sus habitantes. En una región cuya narrativa oficial privilegia la frontera, la modernidad y el desierto, el libro de García Sánchez reorienta el relato: devuelve centralidad a los pueblos Yumanos. No se trata de mirar el paisaje como escenario, sino de leerlo como texto. Petrograbados, pinturas rupestres, morteros: cada signo se convierte en palabra, cada sitio en una página que narra lo colectivo. Así, el autor reactiva una memoria territorial que no busca turistas, sino testigos.

Las comunidades nativas no son un vestigio antropológico, sino sujetos políticos. Yumanos visibiliza sus demandas —lingüísticas, territoriales, culturales— y convierte la contemplación en conciencia. Lo patrimonial se vuelve urgencia y lo simbólico, derecho. García Sánchez opta por una forma híbrida, abierta y emotiva. Y esta decisión hace del libro un puente entre saberes, capaz de sensibilizar a públicos amplios sin renunciar a la profundidad.


Leer con otros ojos

A veces no se trata de mirar más, sino de mirar distinto. Yumanos: 7,500 Años de Arte Rupestre, no propone una acumulación de datos ni una catequesis sobre la antigüedad peninsular. Su gesto es más radical: torcer la mirada, desplazarla, descolonizarla. Dejar que lo visible hable sin ser inmediatamente interpretado, sin que el ojo moderno imponga su afán clasificatorio. Porque en la geografía áspera de Baja California no solo hay belleza natural: hay una memoria sedimentada que, lejos de extinguirse, nos sigue interpelando.

Las piedras pintadas, los metates erosionados, los silencios del desierto no remiten a un pasado muerto, sino a una presencia activa, insistente, que exige otra ética de la atención. Y esa ética no puede reducirse al protocolo del conservacionismo ni a la retórica del patrimonio como bien común: tiene que partir, como lo dice el guía kumiai, del acto de pedir permiso. Pedir permiso para estar. Para mirar. Para nombrar. Para entrar, aunque sea por un instante, en otro mundo.

En ese contexto, Yumanos se revela no por su erudición, sino por su capacidad de conmover y comprometer. Su relevancia se despliega en múltiples planos, todos interdependientes, todos atravesados por una pregunta ética: ¿cómo habitar un territorio sin traicionar su memoria?

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