Anillo de plata de A GROSS DOMESTIC PRODUCT.

Mi proceso de diseño no comienza con la forma, y menos aún con la voluntad de adornar. Comienza con una pregunta: qué ocurre cuando una abstracción —una medida económica, una estructura lingüística, una relación de poder— adquiere peso y debe negociar su existencia con un cuerpo. Investigo, escribo, reduzco. Después establezco un campo de restricciones: geometría, repetición, simetría, interrupción, vacío, escala y resistencia. Estas operaciones componen una sintaxis. El pensamiento no se representa en el objeto: se somete a la prueba de volverse objeto.

Trabajo con reglas porque me interesa el punto exacto en que un sistema deja de producir lo mismo. La computación permite generar variaciones; la materia introduce límite, gravedad, reflejo y duración. En ese tránsito, la plata no es el soporte pasivo de una idea previa: discute con ella. Cada decisión formal debe responder no sólo a una coherencia visual, sino también a las condiciones físicas de su existencia. Pulir, cortar, repetir o interrumpir no son gestos decorativos, sino modos de hacer legible una estructura.

El cuerpo tampoco es un pedestal. Es el lugar donde la pieza concluye —o complica— su sentido. El peso modifica la postura; la escala reorganiza la percepción; el contacto convierte una geometría abstracta en experiencia. Concibo así la joyería como arquitectura corporal y el diseño como una prolongación material de la escritura: si en un poema una relación entre palabras produce tensión, en un objeto esa tensión se distribuye como carga, intervalo, borde y vacío.

A GROSS DOMESTIC PRODUCT. nace de esa continuidad y de una inversión crítica: devolver al cuerpo las abstracciones con las que la economía y los sistemas calculan la vida. No busco objetos que prometan completarnos, sino formas singulares, responsables de sus decisiones, capaces de convertir el lujo en fricción y el valor en una pregunta que pesa.