Museo comunitario de El Rosario, Baja California

Fragmentos para una elegía interrumpida

1. Un cuerpo escindido en territorios menores.

Hay imágenes que laceran la realidad. No por una consideración moral, sino porque su aparición en el mundo fractura el orden que sostiene nuestra aspiración de humanidad. Son heridas estructurales. El hallazgo de un cuerpo desmembrado en un camino rural en el municipio de San Quintín, una niña de trece años, no es un crimen; es una escena que quiebra cualquier pacto. Un gesto de desfondamiento ético que deja a la palabra sin suelo y a la sociedad sin reflejo. ¿Qué tipo de cultura permite que un cuerpo infantil, femenino, se convierta en residuo? San Quintín no está en el centro de nada. Ni de la política, ni del mercado, ni de la cultura. San Quintín está al sur del sur, a la orilla del mapa de Baja California y al margen de toda promesa de modernidad. No es una periferia vacía: es un territorio habitado por cuerpos desplazados —mixtecos, triquis, zapotecos—, por mujeres que cosechan fresas y niñas que caminan solas por caminos de tierra para ir a la secundaria. En este paisaje, la violencia no irrumpe, sedimenta. Se filtra en las paredes del aula, en los trayectos de regreso, en la mirada del capataz, en la omisión del ministerio público. El asesinato de Keila Nicole Duarte Acevedo no fue un asunto aislado, sino el colapso de una estructura que ya había fallado muchas veces. Esta vez el horror fue explícito: el cuerpo fue dejado como un mensaje. Y en ese gesto performativo —el desmembramiento, el ocultamiento, el descarte— habló el feminicidio.

2. El nombre como rastro.

El Rosario no es un lugar cualquiera. El nombre —uno pensaría— remite a lo piadoso, a una cadena de cuentas que acompasa. Pero este rosario no es plegaria, sino herida antigua. Una que no cierra porque sangra por acumulación. ¿Cómo narrar un sitio donde las piedras mismas son restos de lo que ya fue cuerpo, templo y palabra? Fundado en 1774 como misión dominica en el territorio que los cochimíes llamaban Viñadaco, El Rosario fue el primer intento sistemático de colonización en ese intersticio entre el sur misional y la promesa californiana. De ese gesto fundacional quedan ruinas: muros de adobe, cimientos que apenas se distinguen entre la maleza. Pero las ruinas no son restos, sino advertencia. Hablan de una voluntad de control, de conversión, de diseño colonial que no logró borrarse del todo, aunque tampoco se consolidó plenamente. Una evangelización fracasada y persistente. Durante buena parte del siglo XIX, El Rosario fue punto de partida: de aquí salieron familias para poblar Ensenada, Real del Castillo, incluso Tijuana. Fue frontera antes de la frontera. Antes de Baja California ya existía El Rosario como enclave. ¿Cómo nombrar a un pueblo que fue antes que el Estado? ¿Cómo situarlo en el mapa sin reducirlo a lo periférico? El problema está en la forma en que pensamos la geografía desde el centro hacia los márgenes, desde lo urbano hacia lo rural, desde lo visible hacia lo desatendido. Pero El Rosario, en su aparente marginalidad, condensa todos los tiempos: el tiempo misional que instauró los nombres, el tiempo del ganado que marcó el territorio, el tiempo de las familias que lo fundaron y de las que lo abandonaron, el tiempo de los yaquis que llegaron huyendo de la violencia sonorense a comienzos del siglo XX. Un territorio es, en última instancia, una sedimentación de huellas. Antes de El Rosario estaba Viñadaco. Antes del nombre impuesto, la lengua cochimí. Y después, cuando los misioneros se fueron, quedaron los cuerpos: desplazados, absorbidos, ocultos. Las crónicas religiosas hablan de neófitos, de almas ganadas y de catecismos. Pero también hay otra historia, la de los paipai y los kiliwa que no se dejaron congregar, que habitaron las sierras y los valles, como si la movilidad fuera carencia y no táctica de sobrevivencia. El territorio fue sistemáticamente fragmentado, ocupado, litigado. ¿Qué se habilita cuando las ruinas de una cultura se habitan desde la grieta y no desde la nostalgia? No hay apellidos inocentes. Todo nombre heredado es un vestigio de colonización y desplazamiento. El apellido Duarte en la península de Baja California no llega como emblema heráldico, sino como huella y  resto. ¿Qué significa llamarse Duarte en un territorio donde los nombres codifican pertenencia? La misión de El Rosario fue levantada sobre territorio cochimí cuando la ola evangelizadora estaba en declive. Los registros parroquiales del siglo XIX —los pocos que sobrevivieron a la dispersión del archivo colonial— nos hablan de familias Duarte asentadas en rancherías del sur bajacaliforniano, vinculadas al pastoreo, al cultivo, al comercio. Acá no hay haciendas ni escudos, sino una economía que no se arraiga por riqueza, sino por persistencia. En esta tierra el apellido funciona como marcador flotante. El apellido Duarte persiste. Se escribe. Se dice. Se transmite incluso cuando la historia no lo explica.

3. La violencia como fractura histórica.

En las últimas décadas San Quintín cambió de rostro, llegaron decenas de miles de jornaleros agrícolas desde Oaxaca, Guerrero, Chiapas. Trajeron consigo la montaña, la lengua, las vírgenes negras, las bandas de viento, el mole de Juquila, los bailes del chile frito. En los campamentos de cartón y madera, se reconfiguró una nueva territorialidad: la Mixteca se desplazó hacia el norte, la lengua triqui se volvió habitual, el náhuatl sonó entre los surcos. Junto con todo ello vino también el trabajo extenuante, la discriminación, la falta de servicios, el acoso a las mujeres, el analfabetismo persistente. La transpeninsular une, pero también divide. ¿Cómo construir comunidad cuando el trabajo despoja hasta el lenguaje? Y entonces, lo impensable. Una niña asesinada. Trece años. Su cuerpo desmembrado aparece en El Rosario, donde supuestamente no pasa nada. Pero lo que no pasa, sucede todo el tiempo. La violencia no irrumpe, se acumula. Es el síntoma de una estructura que ha fallado demasiadas veces. Keila Nicole no es solo víctima de un crimen, es el nombre que nombra el colapso; el derrumbe de un pacto tácito según el cual los niños no deben morir así, no deben desaparecer así, no deben ser encontrados así. Pero en este país, incluso eso se fractura. Y la fractura ocurre en un territorio que ha sido desplazado de la historia oficial, de las políticas públicas, de los mapas afectivos del Estado. Es aquí donde la noción de “cultura de paz” se vuelve no solo necesaria, sino incómoda. Porque no se puede construir la paz sobre el hueco donde estuvo el cuerpo de una niña. La violencia contra las infancias —y contra las niñas, en particular— no implica el fracaso de la protección, sino el éxito de una pedagogía invertida, una que instruye en la impunidad, en el uso de los cuerpos vulnerables. La familia del asesino, un adolescente de 16 años, venía de Jalisco. Se habían asentado en un tráiler cedido generosamente por los Duarte. Habían crecido juntos, y esto desarma la narrativa del “otro monstruoso”. El horror no vino de fuera: habitaba el aula, compartía el territorio, tenía rostro adolescente. ¿Qué aprendizajes de masculinidad están en juego cuando un joven considera aceptable —o incluso deseable— aniquilar, profanar, desechar a una niña? La paz debería comenzar por desactivar la maquinaria de crueldad que enseña a los jóvenes que el poder sobre otro cuerpo se traduce en agencia. A veces es necesario volver al gesto más básico: mirar a las niñas a los ojos y prometer que sus vidas importan. No como promesa abstracta, sino como política sostenida.

4. Lo que no sabemos decir.

Hay cosas que no pueden decirse. El desmembramiento de un cuerpo infantil resiste el lenguaje. Se puede rodear ese vacío con signos, con gestos y memoria. Reescribir el territorio desde la herida. Toda cultura de paz lleva implícito un duelo. El Rosario no es solo escenario de tragedia. Aquí los descendientes de los antiguos californios aún visitan los sitios misionales. Aquí los kiliwa y paipai sobreviven en la lengua que se apaga pero no se entrega. Aquí la memoria es práctica política. Tal vez se trate de recuperar los nombres. De decir Keila para no olvidar. De decir Viñadaco y devolverle su dignidad lingüística. De decir Kiliwa y no reducirlo en estadísticas. Cuando el nombre de Keila Nicole Duarte Acevedo apareció en las noticias, no solo nombraba una tragedia, sino una genealogía. Nombraba una historia de itinerarios que cruzan siglos, de nombres que llegaron para quedarse sin ser reconocidos como parte del relato central. ¿Cómo decir su nombre sin convertirlo en cifra? El apellido Duarte, en Baja California, remite a memoria silenciosa. A la persistencia de los cuerpos sin monumento. A las historias que se cuentan de boca en boca, entre el fogón y la mesa, entre el monte y el panteón. Hay Duartes que cruzaron toda la península a pie. Hay Duartes que resistieron al olvido. Hay Duartes que hoy trabajan la tierra, que enseñan en primarias rurales, que lloran a una hija. Y hay también —como Keila— Duartes que ya no están pero que insisten. Porque un nombre, cuando se dice con amor, se vuelve conjuro y a veces acto político. Se vuelve promesa de que esta vez, quizás, la historia no se escribirá sin ella.

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2 comments

En Google nos dicen que su significado es “Guardian Rico” y que “, el nombre Duarte persiste como un testimonio de la línea ancestral. Muchas personas con herencia portuguesa o española llevan orgullosamente el nombre, rastreando sus raíces familiares hasta la nobleza medieval u otras linajes distinguidos. Ya sea utilizado como primer nombre o como apellido, Duarte se mantiene como un símbolo duradero de riqueza y protección, preservando el legado de aquellos que vinieron antes”
Leyendo tu artículo, parecería irónico este significado. Pero a la vez, importante d tomar en cuenta. ¿Será que hay que renombrar cada cosa con su verdadera y terrible actualidad? ¿O comenzar por reescribir estas historias de despojo y violencia con un nuevo pacto donde la calma se haga presente? Baja California se merece otro presente y queda en todos saber si eso es posible.Tu texto estremece y enseña. Hay que atreverse a hablar de lo que nos deja mudos.

Emiliano López Guadarrama

Que texto tan bello para un acto tan atroz. Eres literatura.

Ava Ordorica

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